La fe es un don del espiritu que permite que el alma se mantenga unida a su propio despliegue.
La verdadera fe sería decidirse a confiar en alguien a sabiendas de que la traición es inevitable, porque nunca hay vida ni personalidad sin sombra. La vulnerabilidad que exige la fe podría entonces encontrar su parangón en una confianza igual en uno mismo, en el sentimiento de que se puede sobrevivir al dolor de la traición.
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